
Es un día como cualquier otro, cuya fecha no lo logro recordar. Los segundos, los minutos, las horas pasan y todo sigue igual. La monotonía de los días, la sensación de vivir sin vida cambió por un momento cuando este libro llegó a mi vida. A diferencia de la fecha, este momento lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Una portada extraña, una mujer sentada en la cama, los colores azul y rojo, y unas letras en blanco que formaban el titulo “Delirio”. Abrí la portada, percibí el olor a nuevo y, a pesar de que me encantan los libros de esta clase, empecé a recitar en mi mente las primeras letras sin mayores expectativas. Acostada en mi cama leyendo la novela latinoamericana, sentí poco a poco, pero párrafo tras párrafo con mayor fuerza, que me encontraba dentro de las letras de las páginas. Mientras caminaba y escalaba apegada al movimiento de las montañas de tinta, sentía más curiosidad por la protagonista, Agustina, la cual, por alguna razón, me la imaginaba parada mirando su reflejo en un espejo.
Ella era una mujer hermosa que pertenecía a una familia pudiente, pero eso no era lo verdaderamente relevante para mí. El deseo de acercarme cada vez más a ella residía en la obsesión, el delirio, el problema mental y la indiferencia frente a quienes la querían ayudar. Recuerdo dos lapsos de la vida de Agustina en los que siento que existe una conexión con mi vida. La primera toma lugar cuando su esposo Aguilar la encuentra mirando perdidamente por la ventana, como si ella no viera más allá del vidrio que delimita su pasado y su presente. El segundo momento es más agitado; en este, Agustina estaba completamente ciega y sorda ante las palabras, consejos y ayudas que le brindaban las personas que la querían, como su esposo y su tía Sofí. Sin importar lo que ellos hicieran, dijeran o sintieran, Agustina los tenía arrinconados como si quisiera sacarlos de su vida; todo por la obsesión en unas creencias, las cuales, sin importan si eran ciertas o no, para ella, como para mi, eran y siguen siendo, una Biblia, una estricta Constitución.
En este momento recuerdo esa voz, ese susurro en mi cabeza que no me deja ser quien realmente soy, que no me deja pensar, ver, oír, sentir, que no me deja vivir. Me amarra a ella con un nudo cada vez más ciego, ciego y sordo ante todo lo que me lleve a cambiar de parecer. Como la arrogancia de Agustina donde se tiene que hacer lo que ella diga, la voz en la cabeza, tu ejemplo a seguir, es la única que tiene la verdad, la única que te va a llevar a la felicidad, a olvidar lo que no quieres recordar, a ser quien nunca has podido ser.
La odio, la quiero lejos, pero a la vez la amo y la quiero cada vez más cerca, inconscientemente, o tal vez de manera consciente, cada día ella me amarra más o yo me amarro más a ella.
Sigo caminando por las montañas de tinta, las cuales, por el momento, no han mostrado ninguna señal de vida. Pero sin previo aviso aparecen colores, se siente vida y en la distancia observo un cuadro en el que se refleja un momento excepcional de la vida de Agustina. En el ella vuelve a vivir, a sentir, a ser ella, recupera su audición, su vista y vuelve la importancia de la vida.
En esos momentos no me sentí ajena a Agustina, seguía viendo mi reflejo y mi interés por ella. Al igual que le pasó a ella, el nudo ciego del cual al parecer no hay escapatoria se desamarra y me deja respirar, ver con claridad y ser yo; pero igual que paso con Agustina, las voz vuelve, tus ojos se cierran otra vez, vuelves a quedar sorda y, lo más irónico de todo, es que te convences -o quizá te convencen- de que lo que hiciste está mal.
Ella vuelve y te castiga, te golpea, se mete en tus sueños, ya no te deja vivir ni dormir, no te deja hacer otra que no sea pensar y hacer lo que ella te dice. Es confuso, es irónico, ya que te resignas a todo lo que pueda llamarse salida; simplemente renuncias y te resignas a ser lo que eres, porque crees que es lo que mereces ser; la inconformidad se vuelve tu mejor amiga, aunque te haga daño; te vuelves cada vez más ciega y sorda. Por más que en algunos momentos el nudo que te sujeta pierda su fuerza, ya no tienes intención ni energía de salir, de aprovechar esa oportunidad, solo quieres dejar de vivir lo que no se vive, pero a la vez no eres capaz de irte.
La puerta se abre y se cierra, pero uno no hace nada, no sale pero tampoco se adentra más. Se mira en el espejo pero no se ve nada, solo percibes una imagen borrosa que le teme a coger forma, pero también a dejar de ser una mancha en el espejo.
Al igual que Agustina sigo caminando por las montañas de tinta, sin un rumbo, sin una meta fija, atrapada entre el pasado y el presente con la sofocante perturbación de querer zafarme y respirar y a la vez de apretar más el nudo y asfixiar toda posibilidad.
Con este sentimiento llego a las últimas páginas del libro, hago el último suspiro. Feliz de haber podido respirar por un momento, pronuncio la última palabra, hago la última puntuación, sabiendo, no se con que sentimiento, que me sigo resignando a ser esclava de mi propio pensamiento.
